El tiempo avanza en espiral, y el futuro está contenido en cada interpretación del pasado desde el presente. El sábado 17 de noviembre el espacio donde desarrollamos íntimamente
nuestras sesiones se transformaba para dar paso a personas ajenas al grupo, la mayoría curiosas por ver parte de lo que sea que hubieramos estado haciendo tanto tiempo ahí metidos. Sin embargo, “no habíamos
preparado nada”, y esa incertidumbre parecía notarse en el ambiente general. Los participantes en el laboratorio se
relacionan en torno a la Cía Teatrejo, pero han encontrado con esta experiencia, para bien y para mal, otro entorno en el que concebir esas relaciones y quizás rediseñarlas. En todo esto hay una doble paradoja: por un lado,
algo en mi interior que me dice (me ha dicho siempre) que este tipo y
forma de trabajo los aprendí esencialmente aquí, en el entorno de
Teatrejo, que se fueron conmigo y que todo lo que ha llegado después ha venido a desarrollar
ese primer conocimiento, bien reforzándolo, bien dinamitándolo, generando nuevos vacíos para su crecimiento, igual que se poda una planta
para que rebrote. Y al margen de las palabras está la primera entrada al espacio (algo por lo que ya merece la pena abrir una clase). Ver cómo cada ejercicio en concreto se esfuma, se arruga o queda en
segundo plano. Cómo comienza a funcionar como excusa. Sobre él destacan de
alguna nueva manera otra presencia y energía.
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| Antes de. |
No se si
la idea de santidad (entendida del modo más aséptico que puedo
imaginar) tiene que ver con ser uno y varios a la vez. Pero esa
presencia y energía son singulares y plurales. Cada cuerpo, cada
conciencia, cada uno, con una versión irrepetible de ambas, tomadas
de una presencia y energía global, o al revés, creando la
globalidad a partir de cada uno.
He ahí
una de las preguntas que abre este trabajo y que se nos cae por los
bordes del escenario. ¿Hasta dónde el grupo conforma la
individualidad? ¿Qué es anterior? O ¿qué pequeños cambios
individuales reconfiguran el conjunto hasta el punto de transformarlo
por completo y ser éste quien revierte su influencia en cada
exploración? Digamos que tenemos materia para discutir largamente. Y
aunque muchas preguntas son las que teníamos antes de empezar este
laboratorio, en el que entramos para otra cosa, para el teatro, (pero,
¿es el teatro otra cosa?) ahora tenemos una nueva experiencia,
transitada dentro y fuera del aula, escrita en el cuerpo.
Por
concretar dificultades, a las propias del trabajo se suma
muy oportunamente el hecho de que la mayoría de personas
participantes en el laboratorio son elementos de otros conjuntos, dentro
del colectivo de colectivos que es Teatrejo. Desembarazarse de roles
preestablecidos fue uno de los cometidos de este trabajo, a veces muy placentero, otras, no tanto.
Actuar desde ahí, desde algo que podríamos llamar inflorme y, por tanto, maleable, del
propio cuerpo y de la relación con el otro. Por supuesto, el caso de
Manolo es el ejemplo más evidente de disfrute, al despojarse de otro Manolo. El profesor, director y eterno obrero de una Torre de Babel donde no
siempre se habla el mismo idioma, pero en la que hay que entederse.
Hace
falta mucha predisposición y mucha honestidad. A veces, incluso,
valor. Porque lo único que no es verdadero en ese reenfrentamiento
es el re. En ese volver a, descubrimos justo el abismo de la inexistencia
de un volver, su imposibilidad. Siempre, siempre una primera vez. Lo único seguro es la deriva. Y
aquí, entre cuatro paredes, la inestimable predisposición a asumir
esta circunstancia.
Como
moléculas, como células que funcionan formando un tejido que tal vez desconocen, desde fuera parece necesario mirar primero el todo, ese tejido, para explorar más
adentro, separar sus unidades y, perdida, olviada o trascendida la
forma inicial, juntarlas las nuevas unidades, ya purgadas, en un ambiente propicio. Dejarlas hacer(se) y ver qué nuevos tejidos se pueden formar con los mismos
hilos, que, disgregados y vueltos a poner en su sitio, han dejado
necesariamente de ser los que eran. Un trabajo sutil pero duro, duro
pero sutil, que me confirma alegremente dos de las intuiciones que fueran motores
de este proyecto: la aplicabilidad de este laboratorio como proceso para encontrar material real sobre el que trabajar (puliendo y seleccionando) para conseguir piezas escénicas originales,
basadas o no en obras previas. Asimismo, su utilidad fuera del
ámbito artístico (que no creativo) para cuestionar
constructivamente, en combinación con los ámbitos de la psicología
y la sociología, grupos de trabajo, colectivos sociales y/o étnico-culturales y, por
defecto, cualquier tipo de asociacionismo.
Este segundo gran abanico de posibilidades, aún en las antípodas de nuestras exploraciones, pero apuntado desde su inicio, resulta ser algo que tampoco aprendí
muy lejos de donde he venido a realizar este laboratorio. En efecto, me sería del todo imposible haber llegado a estas ideas sin
unos cimientos bien labrados en todo lo vivido desde adolescente,
hace ya tanto, en los alrededores de toda la movida de Juventud en Los Realejos, sobre todo considerando que junto a otros mil valores y experiencias, ahí uno conoce en toda su amplitud y su crudeza, el significado de
algo llamado “autogestión”, algo que puede que sea más revolucionario
aún en los tiempos que corren que entonces. Pero el tiempo avanza en espiral, y el pasado está contenido en cada proyección al futuro desde el presente.





