En Agnès, Claudia Faci se ríe de sí misma y se llora también de mucho de lo que somos o hemos decidido ser, pero sin instalarse demasiado en ningún lugar. Siempre presente, es capaz de mantenernos en el terreno de la duda en el que la ironía se traviste de auténtica sesación o bien hace fugaz strip-tease que roza el escarnio. Claudia se muestra ante nosotros como una figura de papiroflexia se alza al abrir un libro infantil. La misma presencia frágil y misteriosa que se pierde y queda en la memoria al cerrarlo. Precísamente es a partir de su memoria, que es la memoria del cuerpo, desde donde cuenta, puesta en pie sobre las páginas del libro en el que, nunca mejor dicho, está basada. Tierra y aire; el lugar donde se ha echado raices transformado en voz.
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| Claudia Faci |
Ver
teatro es siempre gratificante. Este Festival Encuentros está siendo
una oportunidad genial (y por desgracia, una de las pocas) para
disfrutar de “otros” teatros. Pero, ¿qué demonios significa esa
expresión tan rara, “otros” teatros? ¿Es que hay uno estipulado como tal y luego los demás? ¿Cuáles son los demás?
¿Están de más? ¿Qué categoría hay que transgredir para formar
parte de ese selecto grupo de malditos o benditos teatros? ¿Qué
ofrecen que el teatro sin adjetivo no tiene o ha dejado de tener?
Paradojas. No tengo respuestas y sin embargo
soy espectador. Me quedo pensando qué han ofrecido de particular y
qué de común entre sí las tres propuestas presentadas hasta ahora
primero por la tríada Roberto García de Mesa / Javier Cuevas /
Maite Dono, la “pareja de hecho” de Los Corderos y Claudia Faci
en solitario. Y creo que puede ser la posibilidad de existir a
un teatro que a su deja vibrar un algo esencial del
teatro y que siempre fue suyo, exclusivo, genuino e identificador del
propio teatro y que, por algún motivo, (díganme ustedes cuál)
empezó a dejar de ser o de estar en el teatro:
Un
espacio vacío.
Una
presencia: aquí, ahora, en escena.
Y
otra presencia: aquí, ahora, en la oscuridad.
Y
la mirada entre una y otra.
Y
desde eso que ya es acción, otra acción.
Esto,
que podría ser una acotación para empezar a escribir cualquier
obra, es y ha de ser también una vivencia,
para habitar, experimentar y accionar la escena. Hablando
al salir de cada función, es fácil ver cómo cada
propuesta, a pesar de estar articuladas, para bien, con un pie en lo
performativo, cada una a su manera, no dejan de tener, también cada
una a su manera, otro pie en el conflicto. Y ese conflicto se
establece con la propia puesta en escena, o mejor dicho, su modo de
presentación. Piezas
que se construyen ante nuestros ojos, que crecen a medida que se van
deshaciendo en el aire.
Hubo un momento a partir del cual el actor y el espectador, que buscan
encontrarse de verdad, (de ahí el buen título de este festival) dejamos de ser cosas distintas, por lo que tenemos un mismo problema. No sabemos cómo estar. Ni en una sala, ni en el
mundo. Necesitamos una nueva poética que, como tal, está por hacer
y parece ser cosa de todos. Compartimos un mismo conflicto. Y aunque
es grande y profundo, puede que en el ser común se encuentre su
resolución. O simplemente esté en el indagar cómo resolverlo, al
margen de que lo encontremos.
Seguiremos
buscando.