domingo, 29 de abril de 2012

Historia del diálogo cuerpo a cuerpo

El viernes pasado se llevó a cabo la muestra del proceso de trabajo del taller "Historia del diálogo cuerpo a cuerpo", un proceso de investigación de Élida Dorta en el que los participantes somos parte de la investigación tanto como investigadores o investigados. Era una de las actividades que propuso este año el festival Numa, pequeño y resistente como una aldea de galos en medio del imperio de la crisis. Como no puede ser de otra manera, los de Élida son siempre procesos intensos, y no vale decir lo de siempre, que con más tiempo habríamos hecho más cosas. Seguramente, si hubiéramos estado un mes juntos se nos habrían quedado cosas en el tintero igual. Pasa cuando hay gente que tiene mucho que decir o a la que cada cosa le dice mucho.

foto: David Perreko

Una experiencia como la de estos tres días resulta interesante por muchísimas cosas. En el momento actual y en este blog, creo que cabe comentar dos:

En primer lugar, aunque pueda parecer oportunista, la sensación excitante y relajante a la vez de no estar completamente solo. Claro, este taller necesitaba al grupo y hablaba sobre y a través del mismo. Pero el interés de Élida en insistir en esto y la forma que tiene de hacerlo resuenan fuerte al dejarlo aquí escrito. Élida es una artista integral, como no puede ser de otra manera cuando uno se adentra mucho por el sendero de una sola disciplina, porque al fin y al cabo, las formas, que cuentan, no aparecen solas, sino como decisión o accidente de lo que uno está buscando hacer y decir, aunque no sepa qué es exactamente. Y Élida, aparte de muchas otras cosas, es una máquina de hacer cosntantes relaciones. Tropezar con su estado y revisitar los principios siempre cambiantes de "Contar con el Otro", aunque tengan sus raíces en el teatro, es algo muy significativo. ¿Qué necesidad tenemos de encontrarnos de esta manera? ¿Qué pasa que parece que lo primordial es entrar en la historia personal, no escrita, del cuerpo que está en escena?

En segundo lugar, y tiene que ver con esto último, algo que a lo mejor nos suena ya un poco antiguo, pero inevitable, y es recordar de alguna forma el situacionismo. En El Generador no se hizo una muestra de nada. Se compartió algo. Visto así, lo artístico queda catapultado a un último lugar, incluso la supuesta "calidad". Se puede pedir calidad a un producto o un servicio, pero la calidad de las experiencias depende de los actores de la misma y, en este caso, actores fuimos todos.

Sólo Élida sabe cuánto le sirve haber compartido esa vivencia para seguir caminando a ese sitio desconocido. Pero por el camino, no ha creado una pequeña pieza ni nada que mostrar, sino algo mucho más delicado. La posibilidad de que ocurran cosas. La implicación en esas cosas depende de quién las viva. Sólo decir que el nivel de exposición de todos fue alto. Supongo que en mi propia búsqueda de ese otro desde el que funcionar, el hecho de haber dejado una puerta abierta a lo más diminuto e íntimo sentado en un sillón es algo que tendrá consecuencias en esa búsqueda, y que no hubiera sido posible si esa búsqueda no hubiera empezado hace tiempo, o si por el camino no hubiera otros con los que encontrarse y encontrar esa posibilidad para lo indeterminado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario